El Santuario de Las Peñitas: La huella sagrada que perdura

Hombre con máscara de luchador azul frente al Santuario Las Peñitas con bicicletas al fondo
Un visitante con máscara de luchador al estilo Nacho Libre posa frente al Santuario Las Peñitas, un sitio sagrado cargado de historia y simbolismo popular.

La historia del Santuario de Las Peñitas comienza con una piedra. No cualquier piedra, sino una que, según la tradición oral de Reyes Etla, guarda la huella del pie y la rodilla de Cristo. Se dice que una figura divina se detuvo justo en este lugar mientras caminaba por la tierra. Al arrodillarse para descansar, la roca volcánica se ablandó, dejando dos marcas visibles: una del pie y otra de la rodilla. Los habitantes la conocen como La Huella, y desde que surgió la leyenda, el sitio nunca ha dejado de recibir fieles.

Aunque el santuario se construyó oficialmente en 1636, su carácter sagrado es mucho más antiguo. Muchos habitantes de Reyes Etla creen que la colina donde se levanta la capilla oculta estructuras zapotecas bajo tierra—vestigios ceremoniales de una época ancestral. Hay quienes aseguran que la tierra aquí tiene energía, que se percibe algo especial, sobre todo en la noche o en días santos. Esta fusión entre la geografía sagrada indígena y los relatos católicos no es extraña en Oaxaca, pero lo que sorprende en Las Peñitas es cómo conviven sin fricción, nutriéndose mutuamente en una devoción compartida.

El santuario es sencillo: una nave única, muros desgastados, y cactus que crecen en silencio a su alrededor. Pero la atención nunca ha estado en la arquitectura. Siempre ha sido la piedra. Esa losa volcánica alisada por el tiempo y el humo de veladoras es lo que la gente viene a ver. Algunos se arrodillan y oran. Otros la tocan y lloran. Algunos simplemente se sientan cerca, intentando sentir lo que vinieron a buscar. Con los años, el santuario ha acumulado cientos de testimonios: sanaciones milagrosas, reconciliaciones familiares, recuperaciones imposibles. Pocas veces se escriben. Se transmiten en voz baja, en sobremesas, o en visitas anuales de agradecimiento.

El quinto viernes de Cuaresma, Las Peñitas se convierte en el corazón espiritual de Reyes Etla. Peregrinos llegan a pie desde San Lorenzo, Guadalupe Etla y hasta desde la ciudad de Oaxaca. El pueblo se prepara con semanas de anticipación. Se limpian altares, se recogen flores, se apilan velas por cientos. Ese día, el santuario abre desde el amanecer hasta medianoche. Los fieles encienden veladoras en fila, algunos dejando fotografías de seres queridos o peticiones escritas a mano. Afuera, el atrio se llena de vendedores de pan de yema, tejate y artesanías locales. A pesar de la multitud, cuando cae el sol y suenan las campanas, se impone un silencio reverente.

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Varios habitantes aseguran haber sentido sensaciones físicas: calor en las manos al tocar la piedra, un cosquilleo en la espalda al entrar descalzos. Místico o no, para ellos es real. Una mujer me contó que su hija llevaba dos años enferma. Habían probado médicos y curanderos sin éxito. Tras colocar el nombre de su hija en un papel doblado bajo la piedra, la niña comenzó a mejorar esa misma semana. “No le pido a nadie que me crea,” me dijo. “Yo solo doy gracias.”

El santuario también tiene un lugar peculiar en la cultura popular. En la película Nacho Libre, el personaje de Jack Black aparece justamente frente a esta capilla, pidiendo fuerza divina antes de lanzarse al mundo de la lucha libre. Es un momento surreal: comedia hollywoodense mezclada con la devoción profunda de Oaxaca. Hay jóvenes que se toman selfies con máscaras de luchador. La risa y la devoción conviven aquí. Tal vez ese sea el mayor símbolo de un lugar verdaderamente sagrado: que hay espacio para todos, sin importar cómo lleguen.

Para el pueblo de Reyes Etla, Las Peñitas no es solo un lugar de milagros—es memoria convertida en piedra. Es la fe hecha materia. Es donde uno acude cuando ya no hay más puertas que tocar, cuando las cartas no llegan, cuando lo único que queda es creer. Veas o no una huella al observar la roca, es difícil negar que algo permanece allí. Una calma. Un llamado. Un silencio que parece conocerte por dentro.

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